miércoles, 30 de octubre de 2019

Leyenda de Zacatecas- Baile Panteón Refugio

Encontré ésta historia que me gustaría compartirla se trata de una leyenda muy famosa en la Web de la zona de Zacatecas, la cual es rica en historias y leyendas, y aquí la contaremos:

LEYENDA DE ZACATECAS: EL BAILE EN EL PANTEÓN DEL REFUGIO.

Dicha leyenda se sitúa en la época de las guerras entre liberales y conservadores y cuenta que un guapo capitán llamado Augusto Pavón, popular por hacer uso de su porte militar, trato afable y educado para conquistar corazones; aunque también era famoso por su desempeño en el campo de batalla.
En la Plaza de la Loza o Laberinto existía una fonda llamada Luz de la Aurora, que siempre tenía mucha clientela, gracias a su dueña; una bella mujer de unos veinte años que se hacía llamar Amparo de la Felicidad. La fonda Luz de la Aurora era un establecimiento pequeño, humilde y con una sencilla decoración que constaba de un jarrón de flores que portaba las flores que, siempre de mañana, llevaba la dueña en ofrenda a un Santo Cristo que se encontraba en una de sus paredes.
Un día, llegó a la fonda Luz de la Aurora, el guapo capitán Augusto Pavón, quién enseguida fue objeto de especiales atenciones por parte de la dueña; ese mismo día llegó también Juan Ponce, un empleado público, que igual que el capitán era colmado de atenciones por la misma dama.
Desde ese día, estos dos personajes se convirtieron en entrañables amigos, siendo tan estrecha su relación que uno no podía estar sin el otro en sus ratos de ocio, y todos los días comían juntos en la fonda, donde, a pesar de que Amparo de la Felicidad trataba con amabilidad a ambos, quedaba clara su predilección por el capitán, de quién estaba perdidamente enamorada sin que él se hubiese dado cuenta. Todos los días se prolongaba la sobremesa hasta horas muy avanzadas de la noche donde incluso, algunas veces, los sorprendía la aurora en plena charla, que a veces era acompañada por la voz de Aurora que acompañada de su guitarra cantaba hermosas canciones.
Tampoco fueron pocas las veces en las que los tres continuaban la farra y salían de la fonda acompañados de otros militares o civiles a cantar serenatas al pie de los balcones de alguna hermosa zacatecana dueña del corazón de un militar; así el grupo de cantores recorría las calles de la “Muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas”.
Lamentablemente, la vida de parrandas y fiestas llegó a su fin, cuando el regimiento del capitán Pavón tuvo que de salir de campaña. Amparito de la Felicidad sufrió mucho por la partida de su amado Capitán, quien le encargó recibiera un retrato suyo que estaba por terminar un pintor y se lo entregara a su familia, que en ese momento no se encontraba en Zacatecas.
Esa noche, se llevó a cabo una fiesta de despedida en la fonda, y al calor de las copas la concurrencia pidió al capitán que narrase una de las historias de batalla que tan famoso lo había hecho, cuando el capitán  comienza a narrar su historia, Juan Ponce, hace r sátira del relato, lo que provoca una discusión entre la concurrencia.
Esta discusión, se convirtió en una apuesta entre los dos amigos, que consistía en que cualquiera de los dos que muriese primero haría un baile en el panteón en donde estuviese sepultado en honor al vivo, viniendo personalmente por él para llevarlo a la muerte, el Capitán, argumentó que en lugar de apuesta se hiciera un solemne juramento de cumplir dicha proposición con el Santo Cristo de Amparito de la Felicidad por testigo.
Tres meses más tarde, un soldado llegó con la trágica noticia de la muerte del capitán Pavón a la fonda Luz de la Aurora. La familia del capitán pidió trasladar los restos del Capitán a la ciudad para darle cristiana sepultura en el Panteón del Refugio. Juan Ponce no se enteró de la muerte de su amigo, pues una semana después de que salió el capitán Pavón de la capital, él fue comisionado por el Gobierno del Estado para realizar una inspección en Juchipila.
Semanas después del entierro del capitán, llegó Juan Ponce a la fonda, al mismo tiempo que un pintor llevaba un cuadro del capitán, Amparito recibe el retrato conmovida y le da la terrible noticia a Juan, recordándole el juramento al que está obligado. Ponce, llena una copa de vino y frente al retrato del amigo brinda diciendo “Me sobrará ánimo para cumplir el juramento, aquí os espero para llevarlo a efecto, por si acaso quereis hacerlo hoy mismo, os invito esta noche a la celebración de mi santo ”.
Esa noche, la casa de Juan estaba repleta de invitados, eran las 12 y todos estaban en el comedor cenando, cuando de pronto se escucha que alguién llama a la puerta, es un militar, cubierto completamente por una capa negra, sin decir palabra alguna, se sienta en una silla. Los presentes lo colman de preguntas sin lograr respuesta alguna, el militar permanece en silencio y con el rostro cubierto.
Muchos de los invitados habían sido testigos del juramento realizado entre Pavón y Ponce y todos miraban incesantemente al anfitrión y al misterioso militar, cuando de pronto este último dijo: -“Amigo Juan Ponce un juramento hecho hace seis meses ante la imagen de un Cristo crucificado y del cual son testigos los aquí presentes, me ha hecho levantarme de mi tumba para dar testimonio de que con el nombre de Dios tres veces Santo no se puede jugar impunemente, y ahora por caridad os pido en nombre de la amistad íntima que en vida os tuvimos, me acompañes a cumplirlo, para que mi alma pueda descansar en el Señor”.
Todo mundo permaneción inmóvil, Ponce, haciendo visiblemente esfuerzos para no flaquear, tomó su sombrero y acompañó al militar.
Los invitados pudieron ver cómo desaparecieron las siluetas de los amigos al final de la calle de los Gallos, que era iluminada por un rayo de luz de luna. En su camino, ni Ponce ni Pavón pronunciaron palabra alguna, y al llegar a la Plazuela de Zamora se detiene Juan Ponce en la esquina de la calle de Manjares, justo donde ahora se encuentra una tienda llamada "El Pabellón”, y en ese momento Juan recuerda que ahí vive un sacerdote amigo de su familia. La luz del farol debaja ver el pálido y desencajado rostro de Ponce y la sombría figura del Capítán Augusto Pavón, cuando de pronto, Juan rompe el silencio y pide permiso de ir a esa casa a dar un recado urgente.
Va entonces Juan Ponce a poner al tanto al sacerdote quién se sorprende con tan extraño relato y no sabe qué aconsejar, y después de pensarlo varias veces, le dice que, considerando las circunstancias en las que se llevó a cabo dicho juramento, no duda que Dios haya permitido a un muerto levantarse de su tumba para cumplir un acto en el que él fue testigo. Ponce, alentado por el sacerdote decide afrontar con valentía la situación acompañado de un crucifijo y unas reliquias que le da el sacerdote para guiarlo en ese duro trance.
Continúan entonces su camino los dos amigos y al llegar a lo que hoy es la planta de luz eléctrica, Juan logra ver coronando los cerros y en ellos un haz de luz brillante que les alumbraba el camino. Una vez que se encuentran cerca de esta luz, se escucha el rechinar de una pesada puerta, seguida por una lúgubre música; en ese momento Juan se da cuenta de que están en las puertas del Panteón del Refugio, que se ha convertido ahora en sala de baile. El militar lo toma del brazo y le insiste en pasar, pero ante semejante asombro Juan caé desmayado.
El sacerdote, que a lo lejos seguía a la pareja, solamente vio la claridad que coronaba a los cerros y el resplandeciente haz de luz que de ella salía para alumbrar el camino de los dos amigos; cuando ésta de pronto se esfumó, corrió para saber qué había sucedido con Juan, el cual yacía en la tierra a las puertas del Panteón del Refugio. Con un poco de trabajo, el sacerdote logró reanimarlo y con torpesa lo llevó finalmente a su casa, dejando detrás de ellos una profunda calma y una hermosa luz de luna.
Al día siguiente, la historia era conocida por toda la ciudad, quienes aseguraban haber visto una intensa luz en aquel rumbo, como si el Panteón del Refugio estuviese iluminado, decían.
Por mucho tiempo, Juan Ponce fue muy popular en Zacatecas, por donde quiera que se le veía la gente le pedía que contara su historia y él siempre terminaba su narración con las solemnes palabras que le dijera esa noche su amigo el Capitán: "No se puede jugar con el Santo Nombre de Dios inpunement
e".


Fuentes:

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