de evolución. Normalmente lo extiende hasta el punto metafísico y esotérico tal es el caso de los teosofistas, de los espiritistas y de cualquier ocultista que crea en la teoríade la reencarnación. Cómo venimos en esta breve reflexión un autor de hace un siglo desmintió toda esta filosofía argumentando que sea abusado y tuve que ir versado esa palabra.
Desde nuestro punto de vista el sistema filosófico mediante el cual sirve de sustento para las teorías evolucionistas vienen desde Darwin ideas de otras concepciones científicas que empezaron a aflorar con la llegada del racionalismo cartesiano y también del renacimiento cuya esencia en el centro del hombre sobre el universo. De acuerdo a lo digo en un es con Descartes cómo comienza este fanatismo del racionalismo es decir de poner a la razón sobre cualquier otro tipo de conocimiento y eso según él lleva también al sentimentalismo qué de su contraparte el problema es que ambos tipos de conocimientos y es que se les puede llamar así niegan la parte espiritual o metafísica a lo que este autor denomina el conocimiento intuitivo que por supuesto no tiene nada que ver con el nacionalismo ni con el uso de la razón y tampoco con la sentimentalidad sino con un conocimiento directo que vienen más allá de lo que nosotros occidentales creemos que es conocimiento. Ahora bien todo esto se fundamenta con la idea de que el hombre sólo posee esa capacidad de razón que para muchos fanáticos de la supuesta ciencia occidental es lo que lo distingue de otros seres como los animales. Ciertamente el hombre como especie es "superior" al animal y con eso se entiende de que posee otras capacidades que los animales no pero esto no es del todo cierto ya que se han dado casos curiosamente en estudio de la disque ciencia donde había animales que han tratado de imitar el lenguaje humano si bien de un modo rudimentario pero volviendo a nuestro tema la teoría darwiniana postula que el hombre viene del mono y pensamos que ese mismo concepto darwiniano se empezó a aplicar a ciertas corrientes ocultistas, pseudo esotéricas, y espiritistas. Para gente como Allan kardec, Blavatsky, Sinnet, Papus, entre otros. El espíritu humano también evoluciona y la manera de justificar eso es a través de sucesivas vidas lo cuál también es desmentido por René bueno en uno de sus libros más interesantes sobre el tema que precisamente trata del error espiritista ( también recordamos que este mi motor atacó mucho al teosofismo y le dedicó un libro).
La piedra angular de todas estas corrientes esotéricas es precisamente el evolucionismo como filosofía espiritual. Veamos qué dice el autor al respecto:
En los espiritistas kardecistas, como en todas las demás escuelas que la admiten, la idea
de la reencarnación está estrechamente ligada a una concepción «progresista» o, si se quiere,
«evolucionista»; al comienzo, se empleaba simplemente la palabra «progreso»; hoy día, se
prefiere la de «evolución»: es la misma cosa en el fondo, pero tiene un aire más «científico».
No se podría creer cuánta seducción ejercen, sobre espíritus más o menos incultos o
«primarios», las grandes palabras que tienen una falsa apariencia de intelectualidad; hay una
suerte de «verbalismo» que da la ilusión del pensamiento a aquellos que son incapaces de
pensar verdaderamente, y una obscuridad que pasa por profundidad a los ojos del vulgo. La
fraseología pomposa y vacía que está en uso en todas las escuelas «neoespiritualistas» no es
ciertamente uno de sus menores elementos de éxito; la terminología de los espiritistas es
particularmente ridícula, porque se compone en gran parte de neologismos fabricados por casi
iletrados en contra de todas las leyes de la etimología. Si se quiere saber, por ejemplo, cómo
ha sido forjada la palabra «periespíritu» por Allan Kardec, es bien simple: «Como el germen de
un fruto está rodeado del perispermio, del mismo modo el espíritu propiamente dicho está
rodeado de una envoltura que, por comparación, se puede llamar periespíritu»220. Los
aficionados a las investigaciones lingüísticas podrían encontrar, en esta suerte de cosas, el
tema de un curioso estudio; contentémonos con señalarlo de pasada. Frecuentemente
también, los espiritistas se adueñan de términos filosóficos o científicos que ellos aplican como
pueden; naturalmente, aquellos que tienen sus preferencias son los que han sido difundidos
entre el gran público por obras de vulgarización, imbuidas del más detestable espíritu
«cientificista». En lo que concierne a la palabra «evolución», que es de esas, es menester
convenir que lo que designa está completamente en armonía con el conjunto de las teorías
espiritistas: el evolucionismo, desde hace más o menos un siglo, ha revestido muchas formas,
pero todas son complicaciones diversas de la idea de «progreso», tal como comenzó a
extenderse en el mundo occidental en el curso de la segunda mitad del siglo XVIII; es una de
las manifestaciones más características de una mentalidad específicamente moderna, que es
en efecto la de los espiritistas, e incluso, más generalmente, la de todos los
«neoespiritualistas»(...) He aquí ahora una descripción de los efectos de este progreso: «A medida que el espíritu se
purifica, el cuerpo que reviste se aproxima igualmente a la naturaleza espiritista (sic). La
materia es menos densa, no se arrastra ya penosamente por la superficie del suelo, las
necesidades físicas son menos groseras, los seres vivos ya no tienen necesidad de destruirse
entre ellos para alimentarse. El espíritu es más libre y tiene para las cosas alejadas
percepciones que nos son desconocidas; ve por los ojos del cuerpo lo que nosotros no vemos
sino por el pensamiento. La purificación de los espíritus acarrea en los seres en los que están
encarnados el perfeccionamiento moral. Las pasiones animales se debilitan, y el egoísmo hace
sitio al sentimiento fraternal. Es así como, en los mundos superiores a la tierra, las guerras son
desconocidas; los odios y las discordias carecen allí de objeto, porque nadie piensa en hacer
daño a su semejante. La intuición que tienen de su porvenir, la seguridad que les da una
consciencia exenta de remordimientos, hacen que la muerte no les cause ninguna
aprehensión; la ven venir sin temor y como una simple transformación. La duración de la vida,
en los diferentes mundos, parece ser proporcional al grado de superioridad psíquica y moral de
esos mundos, y eso es perfectamente racional. Cuanto menos material es el cuerpo, menos
sujeto está a las vicisitudes que le desorganizan; cuanto más puro es el espíritu, menos son las
pasiones que le minan. Eso es también un beneficio de la Providencia, que quiere así abreviar
los sufrimientos… Lo que determina el mundo donde el espíritu será encarnado, es el grado de
su elevación223… Los mundos también están sometidos a la ley del progreso. Todos han
comenzado por estar en un estado inferior, y la tierra misma sufrirá una transformación
semejante; devendrá un paraíso terrestre cuando los hombres hayan devenido buenos… Es
así como las razas que pueblan la tierra hoy desaparecerán un día y serán reemplazadas por
unos seres cada vez más perfectos; estas razas transformadas sucederán a la raza actual,
como ésta ha sucedido a otras más groseras todavía»224. Citamos todavía lo que concierne
especialmente a la «marcha del progreso» sobre la tierra: «El hombre debe progresar sin
cesar, y no puede retornar al estado de infancia. Si progresa, es que Dios lo quiere así; pensar
que puede retrogradar hacia su condición primitiva sería negar la ley del progreso». Eso es
muy evidente, pero es precisamente esta pretendida ley lo que negamos formalmente; no
obstante, continuemos: «El progreso moral es la consecuencia del progreso intelectual, pero no
le sigue siempre inmediatamente… Puesto que el progreso es una condición de la naturaleza
humana, no está en el poder de nadie oponerse a él. Es una fuerza viva que las leyes malas
pueden retardar, pero no asfixiar… Hay dos especies de progreso que se prestan un mutuo
apoyo, y que no obstante no marchan de frente, es el progreso intelectual y el progreso moral.
En los pueblos civilizados, el primero recibe, en este siglo, todos los ánimos deseables; es así
como ha alcanzado un grado desconocido hasta nuestros días. Es menester que el segundo
esté al mismo nivel, y, sin embargo, si se comparan las costumbres sociales a algunos siglos
de distancia, sería menester estar ciego para negar el progreso. ¿Por qué no iba a haber entre
el siglo XIX y el XX tanta diferencia como entre el siglo XIV y el XIX? Dudarlo sería pretender
que la humanidad está en el apogeo de la perfección, lo que sería absurdo, o que no es
perfectible moralmente, lo que es desmentido por la experiencia»225. En fin, he aquí cómo el
espiritismo puede «contribuir al progreso»: «Destruyendo el materialismo, que es una de las
plagas de la sociedad, hace comprender a los hombres dónde está su verdadero interés. Al no
estar ya la vida futura velada por la duda, el hombre comprenderá mejor que puede asegurar
su porvenir por el presente. Al destruir los prejuicios de sectas, de castas y de colores, enseña
a los hombres la gran solidaridad que debe unirles como hermanos»226.
Se ve cuán estrechamente se emparenta el «moralismo» espiritista con todas las utopías
socialistas y humanitarias: todas estas gentes concuerdan en situar en un porvenir más o
menos lejano el «paraíso terrestre», es decir, la realización de sus sueños de «pacifismo» y de
«fraternidad universal»; pero, además, los espiritistas suponen que ya están realizados
actualmente en otros planetas. Apenas hay necesidad de hacer destacar cuan ingenua y
grosera es su concepción de los «mundos superiores a la tierra»; en eso no hay nada de qué
sorprenderse, cuando se ha visto cómo se representan la existencia del «espíritu
desencarnado»; señalamos únicamente la predominancia evidente del elemento sentimental en
lo que constituye para ellos la «superioridad». Es por la misma razón por la que ponen el
«progreso moral» por encima del «progreso intelectual»; Allan Kardec escribe que «lacivilización completa se reconoce en el desarrollo moral», y agrega: «La civilización tiene sus
grados como todas las cosas. Una civilización incompleta es un estado de transición que
engendra males especiales, desconocidos en el estado primitivo; pero no por eso constituye
menos un progreso natural, necesario, que lleva consigo el remedio al mal que hace. A medida
que la civilización se perfecciona, hace cesar algunos de los males que ha engendrado, y estos
males desaparecerán con el progreso moral. De dos pueblos llegados a la cima de la escala
social, sólo puede llamarse el más civilizado, en la verdadera acepción de la palabra, aquel
donde se encuentra menos egoísmo, codicia y orgullo; donde los hábitos son más intelectuales
y morales que materiales; donde la inteligencia puede desarrollarse con más libertad, donde
hay más bondad, buena fe, buen talante y generosidad recíprocas: donde los prejuicios de
casta y de nacimiento están menos enraizados, ya que estos prejuicios son incompatibles con
el verdadero amor del prójimo; donde las leyes no consagran ningún privilegio, y son las
mismas tanto para el último como para el primero; donde la justicia se ejerce con menos
parcialidad; donde el débil encuentra siempre apoyo contra el fuerte; donde la vida del hombre,
sus creencias y sus opiniones son más respetadas; donde hay menos desdicha, y finalmente,
donde todo hombre de buena voluntad está siempre seguro de no carecer de lo necesario»227.
En este pasaje se afirman también las tendencias democráticas del espiritismo, que Allan
Kardec desarrolla después largamente en los capítulos donde trata de la «ley de igualdad» y de
la «ley de libertad»; bastaría leer estas páginas para convencerse de que el espiritismo es en
efecto un puro producto del espíritu moderno.(Guenon, 1923, pp.121-123).
Y añade lo siguiente :
Nada es más fácil que hacer la crítica de este «optimismo» estúpido que representa, en
nuestros contemporáneos, la creencia en el «progreso»; aquí no podemos extendernos en ella,
ya que esta discusión nos alejaría mucho del espiritismo, que no representa aquí más que un
caso muy particular; esta creencia está extendida igualmente en los medios más diversos, y,
naturalmente, cada uno se figura el «progreso» conformemente a sus propias preferencias. El
error fundamental, cuyo origen parece que debe atribuirse a Turgot y sobre todo a Fourier,
consiste en hablar de «la civilización», de una manera absoluta; eso es una cosa que no existe,
ya que ha habido siempre y hay todavía «civilizaciones», cada una de las cuales tiene su
desarrollo propio, y además, entre estas civilizaciones, las hay que se han perdido
enteramente, y de las cuales aquellas que han nacido más tarde no han recogido ninguna
herencia. Tampoco se podría contestar que, en el curso de una civilización, hay periodos de
decadencia, ni que un progreso relativo en un dominio determinado pueda ser compensado por
una regresión en otros dominios; por lo demás, sería bien difícil a la generalidad de los
hombres de un mismo pueblo y de una misma época aplicar igualmente su actividad a las
cosas de los órdenes más diferentes. La civilización occidental moderna es, ciertamente,
aquella cuyo desarrollo se limita al dominio más restringido de todos; no es muy difícil encontrar
quienes sostienen que «el progreso intelectual ha alcanzado un grado desconocido hasta
nuestros días», y aquellos que piensan así muestran que ignoran todo de la intelectualidad
verdadera; tomar por un «progreso intelectual» lo que no es más que un desarrollo puramente
material, limitado al orden de las ciencias experimentales (o más bien de algunas de entre
ellas, puesto que hay ciencias experimentales de las que los modernos desconocen hasta la
existencia), y sobre todo de sus aplicaciones industriales, es en efecto la más ridícula de todas
las ilusiones. Antes al contrario, a partir de la época que se ha convenido llamar el
renacimiento, bien erróneamente según nosotros, ha habido en Occidente una formidable
regresión intelectual, que ningún progreso material podría compensar; ya hemos hablado de
ello en otra parte228, y volveremos sobre ello de nuevo en su ocasión. En cuanto al supuesto
«progreso moral», se trata de un asunto de sentimiento, y por consiguiente de apreciación
individual pura y simple; desde este punto de vista, cada uno puede hacerse un «ideal»
conforme a sus gustos, y el de los espiritistas y demás demócratas no conviene a todo el
mundo; pero los «moralistas», en general, no lo entienden así, y, si tuvieran poder para ello,
impondrían a todos su propia concepción, ya que nada es menos tolerante en la práctica que
las gentes que sienten la necesidad de predicar la tolerancia y la fraternidad. Sea como sea, la
«perfección moral» del hombre, según la idea que se hacen de ella lo más corrientemente,
parece ser «desmentida por la experiencia» más bien que al contrario; muchos acontecimientos
recientes desmienten aquí a Allan Kardec y a sus adláteres como para que sea útil insistir en
ello; pero los soñadores son incorregibles, y, cada vez que estalla una guerra, siempre se
encuentran para predecir que será la última; estas gentes que invocan la «experiencia» a todopropósito parecen perfectamente insensibles a todos los «desmentidos» que ella les inflige. En
lo que concierne a las razas futuras, siempre se las puede imaginar al gusto de su fantasía; los
espiritistas tienen al menos la prudencia de no dar, sobre este punto, esas precisiones que han
quedado como monopolio de los teosofistas; se quedan en vagas consideraciones
sentimentales, que no valen quizás más en el fondo, pero que tienen la ventaja de ser menos
pretenciosas. En fin, conviene destacar que la «ley del progreso» es para sus partidarios una
suerte de postulado o de artículo de fe: Allan Kardec afirma que «el hombre debe progresar», y
se contenta con agregar que, «si progresa, es que Dios lo quiere así»; si se le hubiera
preguntado cómo lo sabía, habría respondido probablemente que los «espíritus» se lo habían
dicho; es débil como justificación, pero, ¿se cree que aquellos que emiten las mismas
afirmaciones en nombre de la «razón» tienen una posición mucho más fuerte? Es un
«racionalismo» que apenas es más que un sentimentalismo disfrazado, y por lo demás no hay
absurdidades que no encuentren el medio de recomendarse en la razón; Allan Kardec mismo
proclama también que «la fuerza del espiritismo está en su filosofía, en la llamada que hace a
la razón, al buen sentido»229. Ciertamente, el «buen sentido» vulgar, del cual se ha abusado
tanto desde que Descartes ha creído deber alabarle de una manera completamente
democrática ya, es bien incapaz de pronunciarse con conocimiento de causa sobre la verdad o
la falsedad de una idea cualquiera; e inclusive una razón más «filosófica» apenas garantiza
mejor a los hombres contra el error. Así pues, ríase tanto como se quiera de Allan Kardec
cuando se encuentra satisfecho de afirmar que, «si el hombre progresa, es que Dios lo quiere
así»; ¿pero entonces qué será menester pensar de tal sociólogo eminente, representante muy
calificado de la «ciencia oficial», que declaraba gravemente (lo hemos oído nosotros mismos)
que, «si la humanidad progresa, es porque tiene una tendencia a progresar»? Las solemnes
necedades de la filosofía universitaria son a veces tan grotescas como las divagaciones de los
espiritistas; pero éstas, como lo hemos dicho, tienen peligros especiales, que residen
concretamente en su carácter «pseudoreligioso», y por eso es más urgente denunciarlas y
hacer aparecer su inanidad.
Nos es menester ahora hablar de lo que Allan Kardec llama el «progreso del espíritu», y,
para comenzar, señalaremos en él un abuso de la analogía, en la comparación que quiere
establecer con la vida corporal: puesto que esta comparación, según él mismo, no es aplicable
en lo que concierne a la fase de declive y de decrepitud, ¿por qué iba a ser más válida para la
fase de desarrollo? Por otra parte, si lo que llama la «perfección», meta que todos los
«espíritus» deben alcanzar pronto o tarde, es algo comparable al «estado de adulto», es esa
una perfección bien relativa; y es menester que sea completamente relativa en efecto para que
se pueda llegar a ella «gradualmente», inclusive si ello debe requerir «un tiempo inmenso»;
volveremos dentro de un momento sobre este punto. En fin, lógicamente y sobre todo
metafísicamente, lo que no tendrá fin no puede haber tenido comienzo tampoco, o, en otros
términos, todo lo que es verdaderamente inmortal (no solamente en el sentido relativo de esta
palabra) es por eso mismo eterno; es verdad que Allan Kardec, que habla de la «longitud de las
eternidades» (en plural), no concibe manifiestamente nada más que la simple perpetuidad
temporal, y, porque no ve su fin, supone que la misma no lo tiene; pero lo indefinido es todavía
finito, y toda duración es finita por su naturaleza misma. En eso, por lo demás, hay que disipar
otro equívoco: lo que se llama «espíritu», y que se supone que constituye el ser total y
verdadero, no es en suma más que la individualidad humana; por mucho que se quiera repetir
esta individualidad en múltiples ejemplares sucesivos por la reencarnación, no por eso está
menos limitada. En un sentido, los espiritistas la limitan incluso demasiado, ya que no conocen
sino una débil parte de sus posibilidades reales, y ya que ella no tiene necesidad de
reencarnarse para ser susceptible de prolongamientos indefinidos; pero, en otro sentido, le
otorgan una importancia excesiva, ya que la toman por el ser del cual ella no es, con todos sus
prolongamientos posibles, más que un elemento infinitesimal. Este doble error no es por lo
demás particular a los espiritistas, sino que es común a casi todo el mundo occidental: el
individuo humano es a la vez mucho más y mucho menos de lo que se cree; y, si no se tomara
equivocadamente este individuo, o más bien una porción restringida de este individuo, por el
ser completo, jamás se hubiera tenido la idea de que éste es algo que «evoluciona». Se puede
decir que el individuo «evoluciona», si con eso se entiende simplemente que cumple un
determinado desarrollo cíclico; pero, en nuestros días, quien dice «evolución» quiere decir
desarrollo «progresivo», y eso es contestable, si no para algunas porciones del ciclo, al menos
sí para su conjunto; incluso en un dominio relativo como el citado, la idea de progreso no esaplicable más que en el interior de límites muy estrechos, y todavía entonces no tiene sentido
más que si se precisa bajo cuál relación se entiende que se aplica: eso es verdad tanto de los
individuos como de las colectividades. Por lo demás, quien dice progreso dice forzosamente
sucesión: por consiguiente, para todo lo que no puede ser considerado en modo sucesivo, esta
palabra ya no significa nada; si el hombre le atribuye un sentido, es porque, en tanto que ser
individual, está sometido al tiempo, y, si extiende este sentido de la manera más abusiva, es
porque no concibe lo que está fuera del tiempo. Para todos los estados del ser que no están
condicionados por el tiempo ni por ningún otro modo de duración, no podría tratarse de nada
semejante, ni siquiera a título de relatividad o de contingencia ínfima, ya que no es una
posibilidad de esos estados; con mayor razón, si se trata del ser verdaderamente completo,
que totaliza en sí mismo la multiplicidad indefinida de todos los estados, es absurdo hablar, no
solo de progreso o de evolución, sino de un desarrollo cualquiera: puesto que la eternidad
excluye toda sucesión y todo cambio (o más bien, puesto que es sin relación con ellos), implica
necesariamente la inmutabilidad absoluta.(Ibid.pp.123-124).
Y remata el tema con lo siguiente:
os evolucionistas, decíamos hace un momento, colocan toda realidad en el devenir; por
eso su concepción es la negación completa de la metafísica, dado que ésta tiene
esencialmente como dominio lo que es permanente e inmutable, es decir, aquello cuya
afirmación es incompatible con el evolucionismo. La idea misma de Dios, en estas condiciones,
debe estar sometida al devenir como todo lo demás, y tal es, en efecto, el pensamiento más o
menos confesado, si no de todos los evolucionistas, al menos sí de aquellos que quieren ser
consecuentes consigo mismos. Esta idea de un Dios que evoluciona (y que, habiendocomenzado en el mundo, o al menos con el mundo, no podría ser su principio, y que no
representa así más que una hipótesis perfectamente inútil) no es excepcional en nuestra
época; se encuentra, no solo en filósofos del género de Renan, sino también en algunas sectas
más o menos extrañas cuyos comienzos, naturalmente, no remontan más allá del último siglo.
He aquí, por ejemplo, lo que los mormones enseñan sobre el tema de su Dios: «Su origen fue
la fusión de dos partículas de materia elemental, y, por un desarrollo progresivo, alcanzó la
forma humana… Dios, eso no hay que decirlo (sic), ha comenzado siendo un hombre, y, por
una vía de continuada progresión, ha devenido lo que es, y puede continuar progresando de la
misma manera eterna e indefinidamente. Igualmente, el hombre puede crecer en conocimiento
y en poder, tan lejos como le plazca. Así pues, si el hombre está dotado de una progresión
eterna, vendrá ciertamente un tiempo donde sabrá tanto como Dios sabe ahora»240. Y todavía:
«El niño más débil de Dios que existe ahora sobre la tierra, poseerá a su tiempo más
dominación, súbditos, poder y gloria de la que posee hoy día Jesucristo o su Padre, mientras
que el poder y la elevación de éstos habrán crecido en la misma proporción»241. Estas
absurdidades no son más fuertes que las que se encuentran en el espiritismo, del que no nos
hemos alejado más que en apariencia, y es bueno señalar algunas similitudes: la «progresión
eterna» del hombre, de la que acabamos de tratar, es perfectamente idéntica a la concepción
de los espiritistas sobre el mismo punto; y en cuanto a la evolución de la Divinidad, si no todos
están en eso, es no obstante una conclusión lógica de sus teorías, y hay efectivamente algunos
que no retroceden ante semejantes consecuencias, que las proclaman incluso de una manera
tan explícita como extravagante. Es así como M. Jean Béziat, jefe de la secta «fraternista», ha
escrito hace algunos años un artículo destinado a demostrar que «Dios está en perpetua
evolución» y al cual ha dado este título: «Dios no es inmutable; Satán, es Dios-Ayer»; se tendrá
una idea suficiente al respecto por algunos extractos: «Dios no nos parece todopoderoso en el
momento considerado, puesto que hay la lucha del bien y del mal, y no bien absoluto… Del
mismo modo que el frío no es más que un grado menor de calor, el mal no es, él también, más
que un grado menor del bien; y el diablo o el mal no es más que un grado menor de Dios. Es
imposible contestar esta argumentación. Así pues, no hay sino vibraciones calóricas,
vibraciones benéficas o divinas más o menos activas, simplemente. Dios es la Intención
evolutiva en incesante ascenso; ¿no resulta de eso que Dios estaba ayer menos avanzado que
hoy, y Dios-Hoy menos avanzado que Dios-Mañana? Aquellos que han salido del seno divino
ayer son pues menos divinos que aquellos que han salido del seno del Dios actual, y así
sucesivamente. Los salidos de Dios-Ayer son menos buenos naturalmente que los emanados
del Dios-Momento, y es por ilusión, simplemente, por lo que se nombra Satán a lo que no es
todavía más que Dios, pero solamente Dios-Pasado y no Dios-Actual»242. Semejantes
elucubraciones, ciertamente, no merecen que nadie se dedique a refutarlas en detalle; pero
conviene subrayar su punto de partida específicamente «moralista», puesto que en todo eso no
se trata más que de bien y de mal, y también hacer destacar que M. Béziat argumenta contra
una concepción de Satán como literalmente opuesto a Dios, lo que no es otra cosa que el
«dualismo» que se atribuye de ordinario, y quizás equivocadamente, a los maniqueos; en todo
caso, es del todo gratuitamente como presta esta concepción a otros, a quienes es totalmente
extraña. (Ibid. pp.129-130).
Cómo se puede ver en las citas anteriores el autor desmonta todo el concepto del evolucionismo tal como lo entienden dichos ocultista y espiritistas. Lo que es curioso también es que su concepto llega hasta Dios al grado de querer ponerlo al grado de un ser humano, es decir, limitado y que por supuesto, también evoluciona y todo por su idea de un antropomorfismo espíritual.
Para nosotros el evolucionismo es una teoría que no tiene fundamento almendra en la parte espiritual o metafísica es evidente que el hombre cuando nace sufren una serie de cambios el bebé se convierte en niño el niño se convierte en adolescente el adolescente se convierte en hombre y así sucesivamente hasta llegar a la vejez. Sin embargo a pesar de estas mutaciones que sufre el ser humano durante toda su vida eso no prueba nada. Porque si es un cambio de estado físico y mental estos dos dominios (psíquico y corporal) se desarrolla solamente en el plano físico.
El gran error de quiénes llevan la teoría evolucionista o de quiénes equiparan el desarrollo físico con uno espiritual es precisamente qué quieren antropomorfizar al espíritu lo cual es ridículo incluso inútil pues esa chispa divina todos tenemos no necesita evolucionar simplemente continúa su camino hacia la unión con Dios este día es muy parecida a la que expresaban los antiguos gnósticos donde el humano tenía que encontrarse con Dios pero hay que tener cuidado por qué habido varios tipos de gnósticos y hoy en día en pleno siglo 21 se ha reinterpretado y sobre interpretado los textos de nag hammadi haciéndolos ver o ajustándolo a las teorías que la terrestres y de arcontes, sobre todo por los conspiranoicos y demás personas qué creen ser dioses. Nosotros creemos que efectivamente somos parte de Dios pero no podemos igualar nos a él porque Dios está más allá de nuestra limita la comprensión. Tal como muestra guenon en varios de sus ensayos y escritos con la llegada del protestantismo luterano cambio para siempre la interpretación de los textos sagrados no solamente del catolicismo sino también de todos los textos de las grandes religiones como el islam, el budismo, el hinduismo y el zoroastrismo. Si nos ponemos a analizar hoy en día las personas ya no creen en nada, salvo en sí mismos y esa arrogancia en nuestra opinión los lleva también al grado espiritual. Al creerse igual a Dios
. Es inútil,
en primer lugar, porque el ser puede tener simultáneamente en él el equivalente de todas esas
formas de vida; y aquí no se trata más que del ser individual, puesto que todas esas formas
pertenecen a un mismo estado de existencia, que es el de la individualidad humana; así pues,
son posibilidades comprendidas en el dominio de ésta, a condición de que se considere en su
integralidad. No es sino para la individualidad restringida únicamente a la modalidad corporal,
como ya lo hemos hecho destacar, que la simultaneidad es reemplazada por la sucesión, en el
desarrollo embriológico, pero esto no concierne más que a una parte bien débil de las
posibilidades en cuestión; para la individualidad integral, el punto de vista de la sucesión
desaparece ya, y no obstante no se trata todavía más que un único estado del ser, entre la
multiplicidad indefinida de los demás estados; si se quiere hablar a toda costa de evolución,
con esto se ve cuan estrechos son los límites en los que esta idea encontrará dónde aplicarse.
En segundo lugar, la hipótesis de que hablamos es inútil en cuanto al término final que el ser
debe alcanzar, cualquiera que sea por lo demás la concepción que uno se haga de él; y
creemos necesario explicarnos aquí sobre la palabra «perfección», que los espiritistas empleande una manera tan abusiva. Evidentemente, para ellos no puede tratarse de la Perfección
metafísica, única que merece verdaderamente este nombre, y que es idéntica al Infinito, es
decir, a la Posibilidad universal en su total plenitud; eso les rebasa inmensamente, y ni siquiera
tienen ninguna idea al respecto; pero admitamos que se pueda hablar, analógicamente, de
perfección en un sentido relativo, para un ser cualquiera: será, para ese ser, la plena
realización de todas sus posibilidades. Ahora bien, basta que estas posibilidades sean
indefinidas, en no importa cuál grado, para que la perfección así entendida no pueda ser
alcanzada «gradual» y «progresivamente», según las expresiones de Allan Kardec; el ser que
hubiera recorrido una a una, en modo sucesivo, posibilidades particulares en un número
cualquiera, no estaría más avanzado por eso. Una comparación matemática puede ayudar a
comprender lo que queremos decir: si se debe hacer la adición de una indefinidad de
elementos, jamás se llegará a ello tomando esos elementos uno a uno; la suma no podrá
obtenerse sino por una operación única, que es la integración, y así es menester que todos los
elementos sean tomados simultáneamente; esto es la refutación de esa concepción falsa, tan
extendida en occidente, según la cual no se podría llegar a la síntesis más que por el análisis,
mientras que, al contrario, si se trata de una verdadera síntesis, es imposible llegar a ella de
esta manera. Todavía se pueden presentar las cosas así: si se tiene una serie indefinida de
elementos, el término final, o la totalización de la serie, no es ninguno de estos elementos; ese
término final no puede encontrarse en la serie, de suerte que jamás se llegará a él
recorriéndola analíticamente; por el contrario, se puede alcanzar esa meta de un solo golpe por
la integración, pero para eso poco importa que se haya recorrido ya la serie hasta tal o cual de
sus elementos, puesto que no hay ninguna común medida entre no importa cuál resultado
parcial y el resultado total. Incluso para el ser individual, este razonamiento es aplicable, puesto
que este ser conlleva posibilidades susceptibles de un desarrollo indefinido; no sirve de nada
hacer intervenir «un tiempo inmenso», ya que este desarrollo, si se quiere que sea sucesivo, no
se acabará jamás; pero, desde que puede ser simultáneo, ya no hay ninguna dificultad;
solamente, es entonces la negación del evolucionismo. Ahora bien, si se trata del ser total, y no
ya sólo del individuo, la cosa es todavía más evidente, primero porque ya no hay ningún lugar
para la consideración del tiempo o de alguna otra condición análoga (puesto que la totalización
del ser es el estado incondicionado), y después porque entonces hay que considerar algo muy
diferente de la simple indefinidad de las posibilidades del individuo, puesto que éstas no son
ya, en su integralidad, más que un elemento infinitesimal en la serie indefinida de los estados
del ser. Llegados a este punto (pero, bien entendido, esto no se dirige ya a los espiritistas, que
son manifiestamente incapaces de concebirlo), podemos reintroducir la idea de la Perfección
metafísica, y decir esto: aunque se admitiera que un ser haya recorrido distinta o
analíticamente una indefinidad de posibilidades, toda esta evolución, si se quiere llamarla así,
jamás podría ser sino rigurosamente igual a cero en relación a la Perfección, ya que lo
indefinido, puesto que procede de lo finito y es producido por ello (como lo muestra claramente,
en particular, la generación de los números), y puesto que, por tanto, está contenido en ello en
potencia, no es en suma más que el desarrollo de las potencialidades de lo finito, y, por
consiguiente, no puede tener ninguna relación con el Infinito, lo que equivale a decir que,
considerado desde el Infinito, o desde la Perfección que le es idéntica, no puede ser más que
cero. La concepción analítica que representa el evolucionismo, si se considera en lo universal,
equivale pues, no ya a agregar una a una cantidades infinitesimales, sino rigurosamente a
agregar indefinidamente cero a sí mismo, por una indefinidad de adiciones distintas y
sucesivas, cuyo resultado final será siempre cero; no se puede salir de esta sucesión estéril de
operaciones analíticas más que por la integración (que debería ser aquí una integración
múltiple, e inclusive indefinidamente múltiple), e insistimos en ello, ésta se efectúa de un sólo
golpe, por una síntesis inmediata y transcendente, que no está precedida lógicamente de
ningún análisis.
Los evolucionistas, que no tienen ninguna idea de la eternidad, como tampoco de todo lo
que es del orden metafísico, llaman de buena gana por este nombre a una duración indefinida,
es decir, a la perpetuidad, mientras que la eternidad es esencialmente la «no duración»; este
error es del mismo género que el que consiste en creer que el espacio es infinito, y por lo
demás apenas se dan uno sin el otro; la causa de ello está siempre en la confusión de lo
concebible y de lo imaginable. En realidad, el espacio es indefinido, pero, como toda otra
posibilidad particular, es absolutamente nulo en relación al Infinito; del mismo modo, la
duración, incluso perpetua, no es nada con respecto a la eternidad. Pero lo más singular, es
esto: para aquellos que, al ser evolucionistas de una manera o de otra, colocan toda realidad
en el devenir, la supuesta eternidad temporal, que se compone de duraciones sucesivas, (...)o; ¡el Universo es verdaderamente bien pequeño para estas gentes que ponen
el infinito y la eternidad por todas partes donde no podría tratarse de ellos! Si ha sido menester
toda la «eternidad pasada» para llegar a producir el mundo corporal tal como lo vemos hoy día,
con seres como los individuos humanos para representar la más alta expresión de la «vida
universal y eterna», es menester convenir que se trata de un lastimoso resultado239; y,
ciertamente, no será demasiado toda la «eternidad futura» para llegar a la «perfección», no
obstante tan relativa, con la que sueñan nuestros evolucionistas. Eso nos recuerda la
estrafalaria teoría de no sabemos muy bien qué filósofo contemporáneo (si nuestros recuerdos
son exactos, debe ser Guyau), que se representaba la segunda «mitad de la eternidad» como
debiendo transcurrir reparando los errores acumulados durante la primera mitad; ¡He aquí los
«pensadores» que se creen «ilustrados», y que se permiten tomar a irrisión las concepciones
religiosas!
Los evolucionistas, decíamos hace un momento, colocan toda realidad en el devenir; por
eso su concepción es la negación completa de la metafísica, dado que ésta tiene
esencialmente como dominio lo que es permanente e inmutable, es decir, aquello cuya
afirmación es incompatible con el evolucionismo. La idea misma de Dios, en estas condiciones,
debe estar sometida al devenir como todo lo demás, y tal es, en efecto, el pensamiento más o
menos confesado, si no de todos los evolucionistas, al menos sí de aquellos que quieren ser
consecuentes consigo mismos. Esta idea de un Dios que evoluciona (y que, habiendocomenzado en el mundo, o al menos con el mundo, no podría ser su principio, y que no
representa así más que una hipótesis perfectamente inútil) no es excepcional en nuestra
época; se encuentra, no solo en filósofos del género de Renan, sino también en algunas sectas
más o menos extrañas cuyos comienzos, naturalmente, no remontan más allá del último siglo.
He aquí, por ejemplo, lo que los mormones enseñan sobre el tema de su Dios: «Su origen fue
la fusión de dos partículas de materia elemental, y, por un desarrollo progresivo, alcanzó la
forma humana… Dios, eso no hay que decirlo (sic), ha comenzado siendo un hombre, y, por
una vía de continuada progresión, ha devenido lo que es, y puede continuar progresando de la
misma manera eterna e indefinidamente. Igualmente, el hombre puede crecer en conocimiento
y en poder, tan lejos como le plazca. Así pues, si el hombre está dotado de una progresión
eterna, vendrá ciertamente un tiempo donde sabrá tanto como Dios sabe ahora»240. Y todavía:
«El niño más débil de Dios que existe ahora sobre la tierra, poseerá a su tiempo más
dominación, súbditos, poder y gloria de la que posee hoy día Jesucristo o su Padre, mientras
que el poder y la elevación de éstos habrán crecido en la misma proporción»241. Estas
absurdidades no son más fuertes que las que se encuentran en el espiritismo, del que no nos
hemos alejado más que en apariencia, y es bueno señalar algunas similitudes: la «progresión
eterna» del hombre, de la que acabamos de tratar, es perfectamente idéntica a la concepción
de los espiritistas sobre el mismo punto; y en cuanto a la evolución de la Divinidad, si no todos
están en eso, es no obstante una conclusión lógica de sus teorías, y hay efectivamente algunos
que no retroceden ante semejantes consecuencias, que las proclaman incluso de una manera
tan explícita como extravagante. Es así como M. Jean Béziat, jefe de la secta «fraternista», ha
escrito hace algunos años un artículo destinado a demostrar que «Dios está en perpetua
evolución» y al cual ha dado este título: «Dios no es inmutable; Satán, es Dios-Ayer»; se tendrá
una idea suficiente al respecto por algunos extractos: «Dios no nos parece todopoderoso en el
momento considerado, puesto que hay la lucha del bien y del mal, y no bien absoluto… Del
mismo modo que el frío no es más que un grado menor de calor, el mal no es, él también, más
que un grado menor del bien; y el diablo o el mal no es más que un grado menor de Dios. Es
imposible contestar esta argumentación. Así pues, no hay sino vibraciones calóricas,
vibraciones benéficas o divinas más o menos activas, simplemente. Dios es la Intención
evolutiva en incesante ascenso; ¿no resulta de eso que Dios estaba ayer menos avanzado que
hoy, y Dios-Hoy menos avanzado que Dios-Mañana? Aquellos que han salido del seno divino
ayer son pues menos divinos que aquellos que han salido del seno del Dios actual, y así
sucesivamente. Los salidos de Dios-Ayer son menos buenos naturalmente que los emanados
del Dios-Momento, y es por ilusión, simplemente, por lo que se nombra Satán a lo que no es
todavía más que Dios, pero solamente Dios-Pasado y no Dios-Actual»242. Semejantes
elucubraciones, ciertamente, no merecen que nadie se dedique a refutarlas en detalle; pero
conviene subrayar su punto de partida específicamente «moralista», puesto que en todo eso no
se trata más que de bien y de mal, y también hacer destacar que M. Béziat argumenta contra
una concepción de Satán como literalmente opuesto a Dios, lo que no es otra cosa que el
«dualismo» que se atribuye de ordinario, y quizás equivocadamente, a los maniqueos; en todo
caso, es del todo gratuitamente como presta esta concepción a otros, a quienes es totalmente
extraña. Esto nos conduce directamente a la cuestión del satanismo, cuestión tan delicada
como compleja, que es todavía de esas que no pretendemos tratar completamente aquí, pero
de la que, no obstante, no podemos dispensarnos de indicindicar al menos algunos aspectos,
aunque sea para nos una tarea muy poco agradable.
(ibid. pp.127-130)
El hombre olvidó su lugar en el mundo y al absorber todas las teorías new age o más bien, diríamos, neo-newage, con sus hipnosis regresivas terapias alternativas la cultura física del yoga , los viajes astrales, las teorías reencarnacionistas y todo eso considerando lo que se ha sumado y en día la física cuántica y la teoría los multiversos (muy en boga en nuestra época), han venido a sustituir todo lo que es el conocimiento tradicional, el sentimiento religioso real-el cual no tiene nada que ver con la institución qué representa la religiones en el materialismo-sino más bien con extracción esotérica verdadera y el significado que se pueda tomar de los textos sagrados. Sin duda alguna estamos de acuerdo con el autor cuando afirma que el kali yuga está en su pleno apogeo. Por último queremos o concluir qué el evolucionismo a venido a perjudicar la idea que tenemos de espiritualidad sobre todo en occidente. A pesar de que respetamos lo que cada uno crea qué le hace bien debemos recordar qué el humano es más que mente que cuerpo y estado sutil (lo que los ocultistas llaman ",cuerpo astral"). Pues más allá de eso se encuentra el espíritu inmortal eterno la verdadera parte de Dios quieres a esa parte la que tenemos que dirigirnos más allá de las ilusiones que lamentablemente se exponen día a día con youtubers y supuestos iluminados que exponen teorías que nada tienen que ver con la verdadera metafísica oriental.
Las citas fueron extraidas de el libro ''El Error Espiritista'' de Renè Guenon publicado por editorial veritas, aunque tambièn se puede encontrar en la web. Es un libro que recomendamos muchìo su lectura.